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Las tres banderas.

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La Opinión de Málaga | Horacio Eichelbaum

La reivindicación de una «democracia real ya» abre camino a destruir la farsa democrática creada desde el poder.

Horacio Eichelbaum

Horacio Eichelbaum

Las manifestaciones convocadas por la plataforma Democracia Real Ya, con tanta fuerza que arrancaron algunos espacios en la prensa y en la tele, corren ahora el peligro de «morir» de éxito, una droga que –ya se sabe– es mucho más dañina que los fracasos. El éxito es peligrosísimo porque lo primero que provoca es que te quieras comer el mundo. Si se han juntado decenas de miles de personas reclamando una democracia real… «para ya»… parece que estamos listos para eso que con tanto sentido de la oportunidad se ha bautizado como una ´(R)evolución´; oportuno porque no se sabe ya qué es una revolución, por las grandes rebajas que la palabra viene sufriendo desde la francesa, que se la comió Napoleón, hasta la rusa, que la devoraron entre unos cuantos pero sobre todo el zar Stalin, pasando por la china, que debe haber metido las esencias en un frasco arrojado al océano. No sabemos ya qué es una revolución y menos se sabe qué cosa están haciendo realmente los pueblos que se sublevan.

Casi cada día tengo alguna discusión por no adherirme al optimismo obligatorio que es como el núcleo duro de la corrección política. Ante el inevitable triunfalismo que el éxito genera conviene recordar, por ejemplo, que Estados Unidos dispone de todo el espacio sideral para colgar su arsenal: desde allí ya puede llegar con sus porras/misiles a cualquier lugar del planeta en media hora.

Aunque seamos tan frágiles frente a ese inmenso poder, lo que sí podemos hacer es destruirles el discurso. Parece una meta menor pero no lo es. Si bien se mira, la historia de la humanidad es la historia de los sucesivos discursos: al duradero discurso cristiano le sucedieron los muy recientes, como el comunismo, el nazismo y el liberalismo; este último (con incrustaciones cristianas: 20 siglos de control no pasan en vano) es el que nos ha llevado al desastre; pero, paradójicamente, es el único que sigue en pie. El desastre es tal que los defensores residuales de los otros discursos, hoy en desuso, se ilusionan con recuperarlos. Pero en materia ideológica no es tiempo de reciclaje: es tiempo de liberarnos de las ataduras dogmáticas y de que cada pueblo, cada cultura, busque su propia fórmula de vida, sin imposiciones de nadie. En otras palabras: de acabar con los imperios y sus discursos supuestamente «universales». Y los imperios sin discurso son como Polifemo, ese gigante de un solo ojo al que dejaron ciego con una lanza.

Hay que destruirles el discurso. Es lo que se está haciendo desde plataformas como Democracia Real Ya: dejar en evidencia que se han cargado la democracia. Así queda a la vista la trama oculta: todo es pura explotación y pura dominación. Perder el más mínimo sentido de la justicia hace vulnerables a los sistemas. Claro que Polifemo, aún ciego, todavía puede darnos un tortazo de órdago. Lo que realmente hemos avanzado es en saber que tenemos que clavarle a Polifemo la lanza en el ojo… en el ojo del discurso. Y aguantar el tirón. Por eso no tiene mayor sentido caer en la egocéntrica tentación de elaborar un discurso distinto. Esa es la trampa. Un verdadero discurso, un ideal que cubra una etapa histórica, no se construye de un día para el otro.

Lo que realmente podemos hacer para continuar la ruta que se ha iniciado es mostrar nuestra fuerza. Y si queremos aprovechar la oportunidad del domingo 22, nos queda la posibilidad de elegir una variante que tiene que reunir solo dos requisitos: que permita identificar y contar a sus seguidores y que marque el rotundo rechazo al sistema, la descalificación del propio mecanismo electoral como una pura herramienta de dominación… por mucho que elijamos un partido u otro estamos siempre dentro de la misma «cárcel»: las elecciones están diseñadas para el sistema y mover de dueño uno o veinte escaños no altera en nada el producto. Ni programa alternativo ni partitocracia. Frente a quienes reivindican banderías de parcialidades, los que quieren agitar un «trapo sagrado» u otro, en Sevilla se juntaron tres jóvenes con la roja y gualda, la tricolor y una anarquista y acudieron a la «mani» con las tres juntas. Ese es el punto de cita, por mucho que el virus de los dogmas parezca resistir a todos los antispam.

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